El poder de imaginar: el valor de leer en la infancia

De Federica Cash | Mamás Reales

Madre leyendo con su hija pequeña | El poder de imaginar: el valor de leer en la infancia

¿Por qué conviene empezar por el libro antes de ver su película? ¿Qué pasa mientras leemos, a diferencia de mientras vemos? Cuando un niño lee un libro antes de ver su versión cinematográfica, ocurre algo interesante: descubre que el mundo que imaginó no necesariamente coincide con el que otros construyeron para la pantalla.

Hay algo misterioso en la lectura que despierta libertad. Mientras lo audiovisual nos ofrece un mundo acabado, con rostros, paisajes, colores, sonidos y tonos determinados, la lectura activa la imaginación y requiere de la participación indispensable del lector.

Leer implica, de alguna manera, completar la obra. Cada persona imagina los personajes, los escenarios y las situaciones desde su propia existencia. No hay libro sin lector, y en ese encuentro se produce una forma de cocreación que acompaña la obra del escritor.

No se trata de menospreciar el arte cinematográfico. El cine tiene un enorme valor y ofrece experiencias que también enriquecen. Pero sí vale la pena detenernos en aquello que sucede cuando un niño se enfrenta a las palabras y tiene que construir, con ellas, un mundo propio.

Leer o escuchar una historia es mucho más que decodificar palabras. Cuando un niño entra en un relato, su cerebro construye imágenes, anticipa lo que puede suceder, relaciona acontecimientos, interpreta las intenciones de los personajes y completa aquello que el texto no dice explícitamente. La lectura pone en movimiento una enorme cantidad de procesos cognitivos.

Y hay algo especialmente interesante: cuanto más rica es la experiencia de lectura, más herramientas tiene un niño para comprender el mundo. El lenguaje no es solamente una herramienta para comunicarnos; también es una herramienta para pensar.

Madre leyéndole a su hija | El poder de imaginar: el valor de leer en la infancia

Las palabras nos permiten nombrar lo que sentimos, organizar nuestras ideas, comprender las experiencias de otros y construir significado sobre aquello que nos sucede.

Por eso, cuando un adulto lee con un niño, no está simplemente “estimulando la lectura”. Está ofreciendo un territorio para el desarrollo. Un cuento puede ayudar a reconocer una emoción que todavía no se sabe nombrar. Puede permitir ponerse en el lugar de alguien diferente, imaginar otra perspectiva, acercarse simbólicamente a un miedo o descubrir que aquello que se siente no le ocurre solamente a uno.

La literatura también amplía el mundo posible. Permite viajar sin moverse, conocer otras realidades, habitar otros tiempos y acercarse a personas diversas. Y, al hacerlo, se despliega la capacidad de soñar que las cosas pueden ser de otra manera.

Pero hay otro aspecto fundamental: leer juntos construye vínculo. Cuando un adulto se sienta al lado de un niño y lee, no solamente le está ofreciendo palabras. Le está diciendo, de alguna manera: “Estoy acá. Tenemos tiempo. Esto que hacemos juntos importa”. La lectura compartida es también una experiencia afectiva.

En una época en la que los niños reciben imágenes de manera permanente, recuperar el espacio de la lectura adquiere un valor especial; constituye un acto de resistencia. No porque las pantallas sean malas ni porque haya que elegir entre unas y otras, sino porque ofrecen experiencias diferentes.

La pantalla muestra. El libro sugiere. La pantalla define. El libro permite construir. 
Porque entre las palabras de un libro y los ojos de quien lee existe un territorio de gestación:
un mundo propio.
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