Después de los 40: comprender las transformaciones hormonales y cuidar la salud femenina
Prof. Adj. Dra. SofÍa Saccone | Endocrinóloga y Diabetóloga
Llegar a los 40 no significa que algo esté mal ni que, de un día para otro, el organismo “envejezca”. Pero sí es una etapa en la que comienzan a producirse cambios hormonales que pueden sentirse en el cuerpo, en el descanso, en el estado de ánimo y hasta en la manera en que respondemos a la alimentación y al ejercicio.
Uno de los principales protagonistas es el ovario. Con el paso de los años disminuye progresivamente la reserva de folículos y comienzan a cambiar los niveles de las hormonas sexuales, especialmente estrógenos y progesterona. Esta transición puede comenzar varios años antes de la última menstruación y recibe el nombre de perimenopausia.
Cuando el cuerpo empieza a hablar distinto
Quizás la primera señal sea que el ciclo menstrual ya no es exactamente igual: puede acortarse, alargarse, hacerse más abundante o más escaso. También pueden aparecer sofocos, sudoración nocturna, cambios en el sueño, mayor cansancio, modificaciones en el estado de ánimo, dificultad para concentrarse o cambios en la respuesta sexual. No todas las mujeres los experimentan, ni lo hacen con la misma intensidad.
Y hay algo que suele generar muchas preguntas: el peso y la composición corporal también pueden cambiar. Con los años disminuye naturalmente la masa muscular y pueden modificarse el gasto energético, la distribución de la grasa y la sensibilidad a la insulina. Los cambios hormonales propios de esta etapa se suman a estos procesos. Por eso, estrategias que funcionaban a los 30 pueden necesitar ser revisadas a los 40 o 50.
Esto no significa que “las hormonas sean las culpables de todo”. El paso del tiempo, el estrés, el sueño, la alimentación, el nivel de actividad física, la genética y otros factores metabólicos también participan. Las hormonas son una pieza importante del rompecabezas, pero no son la única.
Más que tratar síntomas, una oportunidad para prevenir
La perimenopausia también puede ser un momento especialmente valioso para revisar la salud integral. Los cambios hormonales que acompañan esta etapa adquieren especial importancia a largo plazo, particularmente en la salud ósea y cardiovascular. Por eso, cuidar la presión arterial, el colesterol, la glucemia, el peso, la masa muscular y la salud de los huesos forma parte de un enfoque preventivo.
El ejercicio ocupa un lugar central. Combinar actividad aeróbica con entrenamiento de fuerza ayuda a preservar la masa muscular y la salud ósea. Una alimentación equilibrada, suficiente descanso, evitar el tabaco y moderar el consumo de alcohol también son pilares fundamentales.
Esto no significa que “las hormonas sean las culpables de todo”. El paso del tiempo, el estrés, el sueño, la alimentación, el nivel de actividad física, la genética y otros factores metabólicos también participan. Las hormonas son una pieza importante del rompecabezas, pero no son la única.
¿Y qué lugar ocupan los suplementos?
Es una de las preguntas que más aparece en esta etapa: ¿necesito tomar calcio, vitamina D, magnesio, colágeno o algún suplemento “para las hormonas”?
No existe un suplemento universal que pueda detener o revertir los cambios hormonales propios de esta etapa. Sin embargo, determinados nutrientes pueden requerir especial atención en algunas mujeres, de acuerdo con su alimentación, antecedentes, edad, factores de riesgo y, cuando corresponde, estudios que permitan detectar una deficiencia. La suplementación debe ser individualizada: más no siempre significa mejor, y antes de incorporar un suplemento conviene evaluar si realmente es necesario y en qué dosis.
Escuchar al cuerpo
Quizás uno de los mensajes más importantes sea este: que un síntoma sea frecuente no significa que haya que soportarlo en silencio. Los síntomas de la transición menopáusica son comunes, pero pueden afectar de manera importante la calidad de vida y existen diferentes alternativas para abordarlos.
Tampoco es necesario realizar una batería de estudios hormonales ante cada cambio. En muchas mujeres, la transición puede reconocerse clínicamente a partir de la edad, los cambios en el ciclo y los síntomas. Además, durante la perimenopausia los niveles hormonales pueden fluctuar considerablemente,
por lo que una medición aislada no siempre refleja lo que está ocurriendo.
Después de los 40, el desafío no es volver a ser quienes fuimos, sino aprender a comprender y aceptar quiénes somos en esta nueva etapa. Escuchar al cuerpo, reconocer sus cambios y dejar de exigirle que funcione como a los 20 o 30 también es una forma de cuidarnos.
Esta etapa no debería vivirse como una pérdida, sino como una oportunidad para conocernos de otra manera, tomar decisiones más conscientes y poner nuestra salud en el centro. Con información, controles adecuados y hábitos saludables, estos años pueden convertirse en una oportunidad para prevenir, fortalecernos y cuidar nuestra salud a largo plazo.
