Gracias por la mirada

De Mamás Reales

Niños chicos riendo en la cama junto con su madre | Gracias por la mirada
Cuando nació mi hija mayor, Alfonsina, recuerdo uno de los primeros días con ella en brazos en el living, dándole de mamar. La miré y me emocioné al sentir gratitud en el estado más puro. Paz y gratitud.

De un día a otro había dejado las mil horas de oficina para entregarme en cuerpo y alma a un viaje que me demandaba pasar del modo hacer al modo ser sin mucha pretemporada. Tras el parto habían nacido dos personas. Alfo con sus tres kilos doscientos cincuenta y cinco gramos y todo para vivir, y yo, algo más pesada, con una nueva manera de ver y experimentar una vida ya arrancada.

Se habla mucho —y con razón— del esfuerzo que implica criar. Del cansancio, de las noches sin dormir, de la renuncia, de la logística infinita. Pero hay algo mucho más profundo que también es real en la maternidad y quiero agradecer. Con los niños llega una nueva comprensión de nuestra propia emocionalidad, entendemos algo de lo que es la trascendencia y nos transformamos como humanos. Eso, sobre todo.

Pasa lo mismo con el sueño. Con ellos aprendemos el valor inmenso del descanso, de las rutinas, de los ritmos biológicos que tantas veces ignoramos; entendemos que hay perillas que regulan el comportamiento y que, sin duda, en el sueño está la llave maestra. Dormir o no dormir impacta de manera directa en nuestra paciencia y en nuestra presencia.

Entonces, con los hijos, aprendemos a dormir, a comer …y en el mejor de los casos, a jugar. Volvemos a lo esencial.

Encima, como no conocen de prejuicios, nuestros filtros quedan expuestos en respuestas que damos en automáticos y que revisamos al enunciarlas ante sus infaltables “¿pero, por qué?”.

Platón decía que la pregunta es la madre de la filosofía, y yo diría que los niños son los padres de las buenas preguntas. Filósofos por naturaleza. Quizás por eso convivir con niños sea una de las experiencias filosóficas más profundas que hay. Ellos cuestionan para armar el puzzle del mundo y sin quererlo ni buscarlo, con sus preguntan desarman el nuestro.

Niña junto con su madre realizando yoga | Gracias por la mirada
Hay un concepto del mindfulness que siempre me conmueve por su simpleza y profundidad: la mirada de principiante. Es esa capacidad de acercarse a cada experiencia como si fuera la primera vez. Sin etiquetas. Sin certezas. Mirándola como es. Un regalo al presente.

Los niños vienen con esa mirada de fábrica. Ellos son principiantes en esto de la vida. Y viven más que con la cabeza, con el corazón. Quizás por eso su presencia nos transforma tanto.

Y, hablando de filosofía aplicada a la vida, el gran Nietzsche describe las tres transformaciones del espíritu humano en Así habló Zaratustra. Dice algo así como que primero somos como el camello, que carga con los mandatos; luego como el león, que aprende a rebelarse; y finalmente el humano se transforma en niño, porque los años lo llevan a volver al origen.

Me gusta pensar que la madurez no consiste en dejar atrás la infancia, sino en volver a ella desde otro lugar. Cuando acompañamos a nuestros hijos a crecer, ellos nos acercan de nuevo a la curiosidad, al asombro, nos traen esa mirada limpia que alguna vez también fue nuestra. Con ellos ampliamos consciencia. Y es por ellos que buscamos ser mejores humanos.

En el mes de la niñez, va esta reflexión para agradecer a los niños el regalo de una nueva mirada.

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