Concurso testimonios MP

El sobre blanco

Abro la puerta de madera girando el pestillo y empujando con el hombro. La casa está reciclada, pero es antigua, y tiene su historia, sus caprichos. Creo que los conozco todos. Sé, por ejemplo, que la enfermería huele a alcohol mezclado con su perfume. Que ella usa una túnica azul y que con su voz ronca estará regalando alguna palabra de ánimo, suavizando el dolor del pinchazo. Pero hoy vine a otra cosa.

Me acerco a la recepción. Ha sido un día muy difícil, un viaje muy largo, y la ansiedad me gana la partida. Estoy transpirando, a pesar del frío húmedo de junio. Subo el escalón y bajo mis pies cruje el piso de cedro, haciendo levantar la vista del guardia, un señor de pelo blanco y cara arrugada. Tiene la mirada serena, de aquel que ha visto ya todo y nada le sorprende. Me sonríe, pero estoy tan absorbida por la expectativa del resultado que apenas puedo devolverle una mueca torcida.

-Buenas tardes-, oigo que ella me dice. Me quedo muda, admirando su pelo negro, siempre brillante. Me conoce, quizás sabe mi lucha, o retazos de ella.

Cerca suena la presentación musical de un programa de tele. Le explico para que estoy aquí. Ella afirma con su cabeza y con su cuerpo mueve la silla giratoria para buscar un sobre. Observo su espalda, recta, su cuello que no es delgado y que está enfundado en una camisa planchada y blanca. Esto ya lo hemos vivido, tres meses atrás. Por un momento, siento la punzada de decepción y rabia de aquel momento.

Vuelve a girar, confirma que está mi nombre en el sobre blanco y me lo da. Lo abro allí mismo.
“313”, leo.

-Es positivo, es positivo-, le susurro.
Ella se alegra, sus ojos brillan.

La saludo y me voy casi trotando, desandando mi camino, hasta el auto, donde él me espera. Nos miramos, levanto los brazos en señal de victoria, revoleo el sobre como si fuera una bandera. Hemos ganado esta batalla. Ya somos tres. Siento su felicidad enlazarse con la mía, aún antes de que salga a abrazarme.

Maga, junio 2008.